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Psicología Hoy

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Reseña: "Outliers" ("Fuera de Serie"), Malcolm Gladwell

En este libro, Gladwell intenta sustentar una única tesis: para acceder a los niveles máximos de notoriedad y excelencia en cualquier campo de desempeño socialmente valorado no bastan el talento, la dedicación, o la vocación. Es preciso, además, tomar en cuenta el factor suerte y el factor cultura.


Todo el volumen está dedicado, básicamente, a la exposición de los persuasivos ejemplos de cada una de las afirmaciones básicas que el autor va deslizando a lo largo de la obra.


El primer caso es el de la liga de Hockey del Canadá, donde inadvertidamente se ha seleccionado, durante décadas, a los jugadores de un modo tal que se da ventajas involuntarias a quienes nacieron en los primeros meses del año, lo cual ilustra el papel que juegan las normas y las políticas de las instituciones para favorecer a unos sobre otros, aunque no sea adrede.


El caso de los Beatles, que por una serie de razones totalmente fortuitas terminan tocando por muchas horas en los pubs de strip tease de Hamburgo, ilustra cómo el azar y el número de horas de práctica terminan creando las condiciones para que el talento se manifieste de la mejor forma posible. De paso, Gladwell introduce el concepto de las famosas “diez mil horas de práctica”, el número que diversas investigaciones han hallado como cantidad mínima de ensayos que posibilita un nivel de experto de clase mundial en cualquier campo, desde la música hasta los deportes.


El caso de Bill Gates y Billy Joy refuerza ese argumento: aunque ambos fueron dotados con un gran talento, fueron también favorecidos por el hecho de haber nacido en un momento y un lugar óptimos, además del siempre ubicuo factor suerte: por puro azar, ambos terminaron accediendo a las más poderosas computadoras de su tiempo, en un momento en el que tal acceso era sumamente restringido para casi todo el resto de jóvenes del planeta.


Chris LanganTal vez el caso de Chris Langan sea uno de los más impactantes. Está experimentalmente comprobado que Langan posee uno de los cocientes intelectuales (IQ, en inglés, o CI en castellano) más altos que se haya registrado: entre 195 y 210 (el promedio de la población general es entre 100 y 105 puntos; como referencia, se considera que Albert Einstein tenía un CI de alrededor de 140).


Sin embargo, Langan termina trabajando como seguridad en un bar. Gladwell intenta explicar cómo se da esta terrible involución: nacido en un hogar pobre, criado en una familia numerosa de madre soltera y medios hermanos de distintos padres, crecido en un medio violento, Langan (como sucede con muchos superdotados intelectuales) experimenta una infancia y adolescencia desajustadas, aburrido a muerte con las tareas escolares, excesivamente simples para su intelecto, y con la sensación de soledad que da el no encontrar en su medio a nadie que comparta sus inquietudes. Sin habilidades interpersonales, fracasa en la universidad, incapaz de realizar las más sencillas tareas que involucren a otros: no logra convencer a un administrativo para que le cambien de horario en una clase, pierde la beca que le habían otorgado pues no logra hacer entender a su madre la importancia de llenar ciertos formatos, etc. El resultado final es que debe salir del ámbito académico, y termina en un declive laboral continuo.


Existiría la tendencia natural --al menos entre aquellos lectores de los libros de Daniel Goleman, que deben ser muchos entre quienes también leen a Gladwell-- de atribuir el origen de los infortunios de gente como Langan a un bajo nivel de “inteligencia emocional”. Nuestro autor, sin embargo, va por un camino distinto y tal vez más profundo: en el caso de Langan, tal vez haríamos mejor observando el medio en el que Langan se desenvolvió: mientras que a otros niños intelectualmente dotados nacidos en hogares pudientes se les provee durante la crianza de un ambiente que promueve y apoya su talento, a Chris nadie se preocupó de enseñarle habilidades sociales básicas. Es decir, si bien por un lado, en efecto, Langan parece no ostentar demasiada “inteligencia emocional”, el verdadero punto de partida de sus tribulaciones radica en haberse desarrollado en un medio naturalmente hostil e intelectualmente árido.


Otro de los “casos” más interesantes del libro lo constituye la valiosa explicación del rol de la cultura nacional en los accidentes aéreos. (¿Suena bastante extraño, verdad?) Gladwell explica cómo, en 1990, Mauricio Klotz, el copiloto de un vuelo Bogotá-New York, reacciona en una situación de emergencia. Debido al mal tiempo, el capitán (que piloteaba el avión) se ve obligado a dar vueltas sobre la ciudad esperando turno para aterrizar en el Aeropuerto John F. Kennedy; los minutos transcurren y el combustible está a punto de acabarse. El capitán indica al copiloto que se comunique con la torre de control del Kennedy para ponerles al corriente de su situación.  


Klotz se siente intimidado por el estilo áspero, directivo y cortante de los operadores; de algún modo, el colombiano los percibe como sus superiores. Temeroso de molestar tanto a su jefe directo (el capitán) como a los operadores, Klotz usa un lenguaje demasiado indirecto y no se expresa con claridad. En vez de usar la palabra clave “emergencia”, Klotz usa la palabra “prioridad”. En un trágico malentendido, los operadores no los ponen a la cabeza de la larga línea de aviones y, cuando les dan autorización, ya es muy tarde.


Murieron en el accidente 73 personas. La opinión pública colombiana se encolerizó al enterarse de que las entidades norteamericanas responsabilizaban al piloto y copiloto por el accidente. Para ellos (igual que para los pilotos) el pedido de “prioridad” debió haber resultado suficiente indicación. La caja negra, sin embargo, no deja dudas: el tono de voz y las palabras de Klotz no son las propias de alguien que está en peligro mortal: “Sir, we’re running out of fuel.” Sin embargo, por definición, todo avión que está por aterrizar está casi sin combustible.


Para un colombiano (y me atrevería a decir, para casi todos los sudamericanos), el respeto a la autoridad es muy importante. De hecho, esta característica, que Hofstede, un estudioso del fenómeno de la cultura, denomina “distancia al poder” (power distance), es una de las dimensiones más importantes de la cultura y es muy diferente entre norteamericanos y colombianos. Un norteamericano no espera, normalmente, que otros lo traten en términos de autoridad, sino horizontalmente. Por eso, los controladores del JFK no pudieron captar la gravedad de la situación del vuelo colombiano: no pudieron “leer” el código cultural de Klotz, y por su lado, éste tampoco fue capaz de expresarse en “norteamericano”.


Outliers es, como casi todos los libros de Gladwell, extremadamente interesante y ágil. Conocedor de su oficio, el canadiense apela al recurso de las historias para expresar con claridad y contundencia sus argumentos. Además, su estilo tiene una ventaja adicional: al poner en “modo narrativo” a sus lectores, éstos asimilan sus ideas con menor análisis, resultando, por ello, un libro más persuasivo.

Personalmente creo que, aunque las ideas contenidas en el volumen son ilustrativas, no son en realidad novedosas. De hecho, la importancia del medio, la cultura y la sociedad es, podría decirse, parte del contexto intelectual predominante en la civilización occidental. Es sólo en los años recientes, en ciertos países y en ciertas capas de la población que la información simplificada y masificada de los medios de comunicación podría haber llevado a algunas personas a creer literalmente las historias que endiosan el logro personal y el carácter pseudo heroico de personalidades como Gates, Joy, Dell, Bezos, las grandes estrellas deportivas, etc.


Cualquiera que haya paseado por las calles neoyorquinas, santiagueras o cariocas sabe que existen muchísimos músicos y cantantes que, pese a su talento, nunca “la hicieron”. Yendo a lo más cercano: ¿quién no ha visto adolescentes de maravillosa habilidad para el fútbol que nunca llegarán a ser como Pizarro o Vargas? ¿Qué nos enseñan historias como las de Mario Broncano?


Me temo que, para un peruano del siglo XXI, el peso (y la dramática escasez) de las oportunidades es un hecho concreto que nuestra realidad cotidiana no nos deja olvidar.

 

¿Dulces Recuerdos?

Scott Small, de la Universidad de Columbia, ha hallado que el aumento de niveles de azúcar en la sangre están relacionados con el deterioro gradual de la memoria (no hablamos aquí de demencia, sino del declive normal de la memoria que se da con el avance de la edad).

Como las personas mayores de cuarenta años tienden a ir perdiendo la habilidad para procesar la glucosa, es recomendable que limite usted su consumo si su edad es superior a las cuatro décadas. Se ha hallado que el ejercicico físico es también un excelente ayudante del cuerpo en cuanto a la tarea de metabolizar glucosa, por lo tanto, el ejercicio sería también una excelente idea.

Fuente: Scientific American MIND (Abril 2009)

 

Neuronas Macho, Neuronas Hembra

Aunque desde hace mucho los científicos saben que el funcionamiento del cerebro varía según el género (masculino o femenino) de la persona, recientemente Robert Clark, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburgh, ha descubierto que incluso las neuronas (células cerebrales) se portan distinto según el género.

Clark cultivó neuronas provenientes de ratas hembra y ratas macho, y halló que bajo condiciones de deprivación (cuando a la nbeurona no se le proporciona nutrientes, como sucedería en el cerebro de una persona que está pasando hambre), las neuronas "hembra" funcionan mejor: empiezan a consumir sus propias reservas de grasa. Las neuronas "macho", por el contrario, empiezan a consumir su propia proteína, es decir, se canibalizan. 

Moraleja: si tiene a alguien querido que acaba de sufrir un ataque que haya interrumpido los nutrientes en su cerebro, déle proteína (carne, básicamente) si es un varón, y alimentos ricos en grasa, si es una mujer. Esto podría ayudar a preservar sus neuronas y a acelerar su recuperación.

Fuente: Scientific American MIND (Julio 2009)

   

Los Genes de la Sinestesia

Sinestesia es el extraño fenómeno que lleva a algunas personas a un peculiar "cruce" de sensaciones: ver colores al escuchar música, sentir sabores al percibir ciertos colores, etc. Aunque es muy raro, su estudio puede llevar a descubrir algunos secretos acerca de cómo funciona el cerebro humano.

Hasta hacía poco, se pensaba que la sinestesia se originaba en un gen específico. Recientemente se ha descubierto no sólo que los genes implicados son varios, sino que vienen a ser los mismos genes implicados en el autismo. Esto no significa que los autistas sean sinestésicos ni viceversa. Lo que significa es que ambos desórdenes tienen orígenes comunes. 

Fuente: Scientific American MIND (Julio 2009)

 

Casi Ganar = Ganar

Luke Clark de la Universidad de Cambridge ha usado la Resonancia Magnética Funcional para demostrar que cuando se trata del juego, el cerebro humano se refuerza con una "casi victoria" (por ejemplo, un boleto al que sólo le faltó un dígito para ganar un premio) de la misma forma que con una victoria completa (por ejemplo, el boleto ganador).

Lo lógico sería que este mecanismo se produjera cuando se trata de juegos en los que el participante va mejorando alguna habilidad (por ejemplo, en ajedrez o en atletismo); pero al parecer el cerebro no distingue y activa su sistema de recompensas aun si se trata de juegos de azar, en los que la habiliodad o experiencia del jugador no influyen en el resultado. 

Este parece ser uno de los mecanismos detrás de la ludopatía (adicción al juego).

Fuente: Scientific American MIND, Julio 2009

   

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