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De la Toxicidad Emocional de los Medios Masivos en el Perú

El mismo título de esta nota implica al menos dos supuestos:

 

1. Existe algo así como medios de comunicación masiva tóxicos;

2. Los medios de comunicación masiva del Perú emiten comunicación tóxica


Tal vez sea interesante abordar estos dos supuestos mediante la enumeración de las características de la comunicación tóxica, en especial la masiva.


Siendo este blog un espacio dedicado a la reflexión sobre (y desde la) Psicología Positiva, cabría preguntarse cómo cabe aquí la cuestión de la toxicidad de los medios. Aunque podría responderse tal inquietud de una manera mucho más extensa, por el momento el lector habrá de conceder una licencia al articulista y contentarse con una consideración de sentido común: una de las formas elementales de preservar y promover la felicidad es alejándose de lo que genera malestar, en especial todo aquello con la capacidad de generar malestar de manera sistemática, como el articulista sostiene es el caso de los medios de comunicación masiva.


Entrando entonces en materia: ¿cuáles son las características de los medios de comunicación masiva (MCM) tóxicos?


Básicamente, los MCM tóxicos son aquellos que generan malestar emocional en la amplia mayoría de quienes son expuestos a ellos, y lo hacen de manera más o menos directa, inmediata, y sistemática. Excluyo, por supuesto, la intencionalidad en el concepto, ya que esa sería una característica harto polémica y difícil de sustentar.


En principio, sostener la existencia de MCM tóxicos suele ser un lugar común en la actual opinión pública peruana y casi un corolario que no necesita sustentación: la facilitación emocional y cognitiva a través de la ley del menor esfuerzo psicológico es ubicua. La estimulación de los receptores mediáticos mediante motivadores primarios de tipo sexual y violento, así como la sobresimplificación de ideas bajo la forma de eslóganes, gimmicks y mensajes con extensión de segundos no necesitan ser explicados ni ejemplificados a nadie que haya estado expuesto alguna vez a la comunicación masiva. Tal vez lo más importante es especificar a qué nos referimos bajo el concepto de “toxicidad”.


Existen al menos dos niveles en los cuales los contenidos mediáticos pueden ser tóxicos: en primer lugar existe una reacción primaria, instintiva y afectiva, en la cual la idea de una congresista que insulta prepotente e injustamente a una policía, una cantante siendo asesinada a cuchilladas por encargo de su pareja, o un clan que asesina a seres humanos para extraerles la grasa corporal y venderla (por  sólo citar algunos ejemplos recientes) nos genera una cadena impresionante de emociones negativas: ira, temor, odio, etc.


El segundo nivel es, para este articulista, de lejos el más dañino: la toxicidad que contamina las interpretaciones. Al lector le debe quedar bastante claro que toda persona expuesta a un medio de comunicación masiva interpreta continuamente la información del medio. No existe otro modo de darle sentido a lo que se recibe sensorialmente frente a un televisor, una radio, etc. La toxicidad mediática se convierte en sistemática al ingresar a este segundo nivel. Veamos cómo.


Las interpretaciones son un fenómeno subjetivo pero se nutren de todo intercambio social en el que nos involucremos. En otras palabras, si me rodeo de neonazis probablemente termine pensando como uno de ellos; si me dedico a hacer todas mis amistades entre la comunidad budista es posible que el modo en que decodifico el mundo tenga que ver, al menos hasta cierto punto, con las categorías budistas.
Es obvio que una de las influencias sociales más poderosas actualmente es la de los mismos ‘MCM. Por lo tanto, las categorías de pensamiento usadas por el espectador, oyente, etc. estarán siendo, poco a poco, modeladas por los mismos medios, por su negatividad constante, su facilismo intelectual, su cinismo implícito, etc.


¿Exactamente cómo se distorsionan las interpretaciones? Cualquier revisión breve de la blogósfera peruana proveerá de ejemplos abundantes. Básicamente existen dos corrientes: la primera es de un partisanismo y una emocionalidad (negativa) extremos. En esencia, son quienes eligen amar a cierta región de la realidad y, complementariamente, eligen denostar y denigrar al resto.  Son fácilmente visibles.
El segundo grupo es mucho menos notorio, no por ser menos abundante sino porque se manifiesta en la conducta práctica y real del peruano promedio, más que en el espacio declarativo de la Internet. Son los cínicos, los que no practican ningún tipo de valor que pueda declararse abiertamente o sea socialmente aceptado (es decir, los que ejercen antivalores, aunque profesen valores ideales que no tienen nada o muy poco que ver con su conducta efectiva).


A estas alturas para el lector no será sorprendente la idea de que estos dos niveles formen, en la realidad, un ciclo tóxico que se autorrefuerza perversamente: las emociones negativas van influyendo sobre las interpretaciones, y estas a su vez generan más toxicidad emocional que a su vez refuerza y distorsiona aún más las interpretaciones, etc.


¿Cómo podríamos, en cuanto receptores del proceso de comunicación masiva, contrarrestar al menos en parte estos efectos tóxicos de los MCM?


Exponerse a los MCM el mínimo posible es la respuesta más obvia. Conozco pocas razones para no dejar de sustraerse a la toxicidad de  los medios en pro de fuentes de información y entretenimiento en las que la proporción de emisores a receptores sea mucho más cercana a uno que a cero, y la interactividad permitida y efectiva. Las fuentes de contenidos alternativos derivados de la Internet, como los grupos de discusión, los blogs, las listas de correspondencia electrónica y los agregadores de noticias, así como los podcasts y videocasts, etc. proporcionan salidas más que válidas y útiles a las necesidades que sólo a medias y de modo tan deplorable están sirviendo los MCM.
Porque --es bueno recordarlo--, la naturaleza social del ser humano, en relación a la comunicación, es el intercambio horizontal. Es dudoso que fenómenos tan increíblemente complejos como el lenguaje se hubieran llegado a desarrollar alguna vez si el modelo de comunicación predominante en el género humano hubiera sido el usado por los MCM.


Otra opción importante es desarrollar herramientas de análisis. Es alarmante, por ejemplo, comprobar cómo personas educadas abogan --a través de los MCM, cómo no-- por una autorregulación de lo comunicacional masivo bajo los principios del liberalismo, como si la lógica económica del rubro pudiera jamás, por efectos de moral autónoma, generar contenidos de calidad emocional y bajos en toxicidad. Es decir, se apela a un mecanismo puramente económico --la libre competencia-- para generar un resultado ético, reflexivo y emocional. Es como tratar de solucionar el problema de la mendicidad generando caridad a partir de dejar en libertad económica absoluta a los potenciales donadores (Un momento... ¡pero si es así como se trata la mendicidad en la abrumadora mayoría de casos!)


La sociedad peruana es una sociedad iracunda. Esa ira es el resultado natural de estar expuesta a la injusticia a un nivel sin precedentes en el pasado.


La sociedad peruana es una sociedad con un severo índice de desesperanza aprendida, que anquilosa las tentativas de mecanismos democráticos y disuelve éstas en un ácido mar de intereses y cinismos individuales.


Obviamente este articulista no caerá en la inmensa ingenuidad de atribuir todos los males sociales del Perú a los medios de comunicación masiva. Ellos son solamente los trágicos chefs del potaje insalubre que convierte a los peruanos en Mr. Hyde. Los ingredientes disponibles no podrían ser más ponzoñosos, pero la irresponsabilidad del cocinero radica en ganar el máximo dinero posible sazonando el platillo a fin de vender su producto al máximo número posible de peruanos, sin  importar lo que les pase. Y es cierto: la lógica del restaurante no es la misma que la del laboratorio, y es opuesta a la del hospital.

 

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